Contexto histórico
La Edad Moderna se sitúa convencionalmente entre finales del siglo XV —con hitos simbólicos como la caída de Constantinopla (1453), la llegada de Cristóbal Colón a América (1492) o la finalización de la Reconquista ibérica (1492)— y 1789, fecha del estallido de la Revolución Francesa, aunque la periodización varía según las tradiciones historiográficas nacionales.
Este periodo transformó radicalmente la visión europea del mundo: el Renacimiento recuperó el legado clásico grecorromano; la llegada europea a América conectó de forma permanente redes humanas que hasta entonces habían mantenido contactos transoceánicos muy limitados entre sí; la conquista, las guerras, la explotación, los desplazamientos y, de forma especialmente devastadora, las epidemias introducidas desde Afro-Eurasia provocaron una catástrofe demográfica en numerosas poblaciones indígenas; la Reforma protestante fracturó la unidad religiosa de la Europa occidental cristiana; y la Ilustración del siglo XVIII sentó las bases intelectuales de buena parte de las revoluciones políticas posteriores. Mientras tanto, en Asia, imperios como el otomano, el safávida en Persia y el mogol en la India, o las dinastías Ming y Qing en China, seguían trayectorias políticas y culturales propias, con distintos grados de contacto e intercambio comercial con Europa.
Vida cotidiana
Pese a las grandes transformaciones intelectuales y políticas de la época, la vida cotidiana de la mayoría de la población europea siguió siendo predominantemente rural y agrícola durante toda la Edad Moderna. Los productos llegados de América —maíz, patata, tomate, cacao— fueron incorporándose de forma gradual a la dieta europea a lo largo de estos siglos, con un impacto muy significativo, sobre todo el de la patata, en la alimentación de las clases populares a partir del siglo XVII y XVIII.


