Contexto histórico
Tras la derrota de Napoleón y el Congreso de Viena de 1814–1815, las monarquías europeas intentaron restaurar el equilibrio político y contener las ideas revolucionarias. Sin embargo, el liberalismo y el nacionalismo ya se habían extendido ampliamente. El liberalismo defendía principios como la igualdad jurídica, las libertades civiles, las constituciones, la representación parlamentaria y la limitación del poder arbitrario; el nacionalismo sostenía que una comunidad considerada nación debía disponer de una identidad política propia y, en muchos casos, de un Estado. Ambas corrientes podían coincidir, aunque no siempre perseguían los mismos objetivos.
Cronología
1815: Congreso de Viena y restauración del orden europeo. 1820: oleada de revoluciones liberales en el sur de Europa. 1821–1830: Guerra de Independencia griega. 1830: Revolución de Julio en Francia y Revolución belga. 1831: creación del Reino de Bélgica. 1848: Primavera de los Pueblos y Revolución francesa de 1848. 1848–1849: movimientos nacionales y liberales en los territorios alemanes, italianos y del Imperio austríaco. 1859–1861: fase decisiva de la unificación italiana. 1864–1871: guerras y proceso de unificación alemana. 1871: proclamación del Imperio alemán y culminación de la unificación italiana con la incorporación de Roma.
Causas
El crecimiento de las clases medias y profesionales, la expansión de la alfabetización y la prensa, la herencia de la Ilustración y de las revoluciones atlánticas, y la experiencia napoleónica favorecieron la difusión de nuevas ideas políticas. A ello se sumaron problemas concretos: el dominio de potencias extranjeras, la fragmentación territorial de Italia y Alemania, la cuestión de las nacionalidades dentro de los grandes imperios y el rechazo al absolutismo. Las crisis económicas y las malas cosechas también contribuyeron a alimentar la protesta social y política.
Desarrollo
Las revoluciones de 1820, 1830 y 1848 fueron las principales oleadas políticas del periodo. En 1820 hubo levantamientos liberales en España, Nápoles, Piamonte y otros territorios, aunque muchos fueron reprimidos. En 1830 la Revolución de Julio derribó a Carlos X en Francia y estimuló nuevos movimientos, entre ellos la independencia de Bélgica. En 1848 una combinación de crisis económica, demandas liberales y reivindicaciones nacionales provocó la Primavera de los Pueblos, que sacudió Francia, los Estados alemanes, el Imperio austríaco, Italia y otros territorios. El nacionalismo adoptó formas diferentes: en Italia y Alemania defendió la unificación de territorios políticamente fragmentados; en Grecia, Bélgica y otros lugares estuvo ligado a la independencia; y dentro de los imperios multinacionales generó movimientos que reclamaban autonomía o soberanía. La construcción nacional se apoyó también en la educación, la prensa, los símbolos, las lenguas nacionales, la literatura y una reinterpretación del pasado histórico.
Sociedad
La sociedad política se amplió, aunque lentamente. La burguesía tuvo un papel destacado en los movimientos liberales, mientras estudiantes, artesanos, periodistas, trabajadores y sectores populares participaron en las insurrecciones. Las mujeres también intervinieron en movimientos revolucionarios y asociativos, pero continuaron excluidas de la ciudadanía política formal en la mayoría de los países. Las cuestiones de clase, nación y derechos comenzaron a entrelazarse cada vez más.
Política y poder
El liberalismo impulsó constituciones, parlamentos, derechos civiles y gobiernos representativos, aunque durante buena parte del siglo XIX el sufragio siguió restringido por criterios de riqueza, sexo o posición social. El liberalismo no fue una doctrina única: los liberales moderados defendían monarquías constitucionales y sufragio restringido, mientras los sectores democráticos reclamaban una participación política más amplia. El constitucionalismo se extendió gradualmente, aunque convivió con restauraciones autoritarias y con gobiernos que limitaron las libertades cuando consideraron amenazado el orden social. El nacionalismo modificó el principio de legitimidad: la nación comenzó a competir con la dinastía como fundamento del Estado. En algunos lugares ambas corrientes se combinaron, como en los movimientos nacionales italiano y alemán; en otros, el nacionalismo terminó adoptando formas conservadoras o autoritarias.
Economía
El desarrollo del capitalismo y de la industrialización modificó las bases sociales de la política. La expansión de los mercados, la propiedad privada, la burguesía empresarial y las nuevas profesiones favorecieron a sectores interesados en libertades económicas y seguridad jurídica. Al mismo tiempo, la industrialización creó una creciente clase obrera y nuevos conflictos sociales, lo que hizo que las demandas liberales fueran acompañadas progresivamente por reivindicaciones democráticas y sociales.
Personajes históricos
Entre las figuras fundamentales destacan Giuseppe Mazzini y Giuseppe Garibaldi en el nacionalismo italiano; Camillo Cavour y Víctor Manuel II en la unificación de Italia; Otto von Bismarck y Guillermo I en la unificación alemana; Klemens von Metternich como símbolo del conservadurismo de la Restauración; y numerosos líderes liberales y nacionales vinculados a las revoluciones de 1830 y 1848.
Consecuencias
Durante el siglo XIX el orden establecido en 1815 fue transformándose de manera profunda. El absolutismo perdió terreno frente al constitucionalismo, varios Estados adoptaron instituciones parlamentarias y surgieron nuevos Estados nacionales. La independencia de Grecia y Bélgica, la unificación italiana y la unificación alemana modificaron el mapa europeo. Al mismo tiempo, las revoluciones de 1848 demostraron que el liberalismo, el nacionalismo y las demandas sociales podían movilizar a millones de personas, aunque también revelaron las divisiones entre liberales moderados, demócratas, nacionalistas y movimientos obreros.
Legado y transición
El liberalismo y el nacionalismo se convirtieron en dos de las fuerzas políticas fundamentales de la Europa contemporánea. El primero contribuyó a consolidar los derechos civiles, el constitucionalismo y la representación política; el segundo impulsó la formación de Estados nacionales y transformó la diplomacia europea. Sin embargo, el nacionalismo también podía generar rivalidades entre Estados y conflictos entre distintas comunidades dentro de los imperios. A finales del siglo XIX ambas corrientes habían cambiado irreversiblemente el mapa político europeo y preparado el terreno para las grandes rivalidades del siglo XX.


